Los siete tipos de hambre

los siete tipos de hambre

Los siete tipos de hambre

 

En su obra “Mindful Eating: A Guide to Rediscovering a Healthy and Joyful Relationship with Food”, Jan Chozen Bays describe siete tipos de hambre:

1.- Hambre visual.

Consiste en “comer con los ojos”. En mi Asturias natal, un dicho popular ilustra una conducta habitual relacionada con este tipo de hambre, fruto de la desatención: “Puede más el güeyu que el butiellu”, el ojo que el buche. Cualquiera que haya realizado una ruta gastronómica por la región habrá observado la afición de los Asturianos a servir con orgullo raciones exageradamente generosas. Impresionan a la vista, pero tratar de terminarlas puede llevar al malestar físico.

 ¿Cómo deberíamos atender el hambre visual?

La mejor manera de hacerlo es a través de la belleza cuidar la estética, la presentación. “Cuando nuestra mirada está atenta, todo es hermosura”.

2.- Hambre olfativa.

Tendemos a confundir aroma y gusto. Un resfriado, una congestión nasal nos suele privar de la capacidad para “degustar” la comida. Prácticamente solo distinguimos un alimento de otro por las texturas. ¿Acaso el sentido del gusto reside en las fosas nasales? Lo que llamamos gusto suele tratarse básicamente de olor. Por tanto, el hambre olfativa se satisface con los aromas.

Durante un ayuno voluntario de dos semanas, pude comprobar lo satisfactorio que resulta atender tanto el hambre visual como la olfativa “dándoles lo que piden”. Descubrí el inmenso placer que se puede experimentar observando y disfrutando del aroma de un plato bien especiado, sin llegar siquiera a probarlo. Basta con estar atento…

3.- Hambre bucal.

Se identifica por el deseo de sensaciones placenteras en la boca. Este tipo de hambre es subjetiva, pues tiene componentes genéticos, experienciales y culturales. Se sacia degustando con atención cada bocado, con sus sabores, texturas y temperatura, siendo muy personal el juicio que emitimos sobre la experiencia. Si degustamos con mente de principiante cada bocado, prestando verdadera atención a lo que sucede en el momento presente, puede tratarse del hambre más agradable de saciar. En mi caso, al comer con atención descubrí lo insatisfecha que suele quedar mi hambre bucal. En ocasiones no se trata más que de falta de presencia. Mientras comía, veía la televisión y comprobaba a la vez mi correo electrónico, me enteraba de que había terminado de comer cuando el plato, si no la fuente, se había vaciado. Mientras mi mente saltaba de un lado a otro como un conejo a la fuga, había deglutido sin apenas masticar una enorme cantidad de comida, tan desproporcionada que al llegar al estómago me estaba produciendo un intenso malestar físico.

¿Cómo satisfacer el hambre bucal?

La solución es aparentemente sencilla, de una lógica elemental. El secreto está en mantener la concentración, estar presente y abrir la consciencia a todas las texturas, movimientos, olores, sonidos y sensaciones de comer y beber.

4.- Hambre estomacal.

Aparentemente la más fácil de identificar y saciar, es la que más confundimos con otras señales de necesidades emocionales. También es probablemente la que más hemos condicionado con nuestros hábitos y convenciones sociales. El orden social ha establecido unos momentos fijos durante el día en los que es adecuado y necesario comer. Según el entorno sociocultural o las modas, varían en número, frecuencia e importancia. Recuerdo a un profesor del colegio diciendo a alumnos adolescentes con el aplomo del ignorante que “para desayunar, un café bebido es suficiente”. Para relacionarnos de forma sana con el hambre estomacal, es muy útil adoptar una actitud Mindfulness, permaneciendo atentos a las señales, atendiendo a la escucha interna. El estómago posee gran cantidad de terminaciones nerviosas. Se podría decir que posee cierto tipo de inteligencia. Quizá se trate del “hermano tonto” del corazón, con su inteligencia cardiaca. La falta de comunicación con el sistema digestivo, la desatención a las señales del cuerpo nos lleva a confundir síntomas físicos de ansiedad y angustia. Tratamos pues de calmar el dolor emocional con comida. El resultado termina siendo perpetuar el ciclo comer-arrepentirse-repetir, con la carga añadida al malestar emocional previo de la vergüenza y la culpa que nos produce nuestra propia debilidad. Esta pauta de calmar cualquier malestar con la alimentación se fija tan pronto llegamos al mundo y nuestros padres primerizos se ven incapaces de identificar la causa de nuestro malestar y llanto. Forzados a investigar las causas mediante el método del ensayo-error, La comida, incluso forzada, se fija pronto en nuestra mente como la solución elemental a cualquier sensación o emoción desagradable. Desactivar este automatismo es el principal reto de quien emprende el camino de la alimentación consciente. Será de gran ayuda la práctica sostenida de actividades con efectos probados sobre la  reducción del estrés y el malestar emocional como el yoga, el caminar consciente, el ejercicio físico ligero y la meditación.

¿Cómo satisfacer el hambre estomacal?

Necesitamos reconciliarnos con las señales del sistema digestivo, principalmente con la sensación de saciedad. El estómago no trabaja bien cuando está lleno en más de dos tercios de su capacidad. Un buen primer paso para reeducar la costumbre de comer demasiado inconscientemente será dar por terminadas las comidas antes de alcanzar la sensación de saciedad completa, hasta que logremos identificar el momento idóneo a través de la atención sostenida.

5.- Hambre celular.

Para funcionar de manera adecuada el cuerpo necesita unos aportes mínimos de nutrientes esenciales. Cuando el nivel de alguno de ellos (sodio, potasio, hierro…)es demasiado bajo, el cuerpo nos informa a través del malestar físico y el deseo de alimentos ricos en esos nutrientes concretos. El problema es que hemos aprendido a desatender esos mensajes del cuerpo para comer lo que es necesario en cada momento a través del condicionamiento social, la educación y los comportamientos inerciales. El camino de la alimentación consciente pasará sin falta por re-aprender a identificar el hambre celular atendiendo las peticiones del cuerpo.

6.- Hambre mental.

El hambre mental surge de la información que recibe nuestra “oreja fuera”. Se basa en pensamientos y razonamientos elaborados a partir de información del entorno sobre lo que supuestamente “deberíamos” comer. Se trata de uno de los grandes enemigos de una relación consciente con la comida. A menudo caprichosa, al vaivén de las modas que nos imponen los medios de comunicación, difícilmente la podremos saciar mientras el ruido mental nos aturda y nos impida atender las señales que llegan de nuestra “oreja dentro”.

 7.- Hambre del corazón.

Es la que conocemos como hambre emocional. La mayor parte de las relaciones desequilibradas con la comida se originan al no saber saciar el hambre del corazón. El comer desordenado y fuera de horas suele venir precedido de sentimientos y emociones negativas. Miedo, frustración, ansiedad, disgusto, ira, inseguridad… nos llevan a desear alimentos con los que hemos anclado recuerdos emocionalmente positivos. Sin embargo, el vacío del corazón difícilmente se saciará atiborrando el estómago. El corazón demanda intimidad, pertenencia, compañía, para mitigar el vértigo que nos produce la conciencia de que, en el fondo, estamos solos en el mundo. Identificar el tipo de hambre que nos asalta es un gran primer paso para identificar “quién” tiene hambre dentro de nosotros, y qué necesidad pretende satisfacer al embarcarse en la ingesta de alimentos.

Y tu, ¿Seguro que es hambre lo que tienes?

Comer por ansiedad